lunes, 3 de junio de 2013

Historias de verano: La marca Setenil

No, hoy no pienso extenderme en la nebulosa de un amanecer setenileño, ni en la belleza dramática de unos cielos cárdenos que se pintan allá por Acinipo. Tampoco vamos a hablar de tajos y pitas, ni de aquellos monstruos y fantasmas que ya sólo moran en nuestra imaginación. Hoy vamos a viajar hasta Sevilla, la dorada ciudad que emerge radiante y eterna a orillas del Guadalquivir y que a estas alturas del calendario, pasada ya la exaltación de una esplendorosa primavera de palios y farolillos y finiquitados los faustos del Corpus, parece entrar en un letargo, un sopor estival del que sólo saldrá para cuando La Virgen de los Reyes.
Nos dirigimos ahora a un barrio cualquiera, el Parque Alcosa, uno que conozco bien. Amplias avenidas delimitadas por altísimos bloques de colores; los blancos, los amarillos, los verdes, los azules, locales comerciales, bares y cafeterías. Se ve que es un barrio alegre y bullicioso pero a estas horas de la tarde (son las cuatro) y con el calor, está vacío y solitario.
Ahora se oye el inconfundible sonido de una persiana metálica, como una carraca. Imaginamos que algún comercial sale de su negocio. Efectivamente, un hombre de mediana edad, bien vestido se afana, en cuclillas, en echar las llaves del cierre.
Le abordamos
- Buenas tardes
- Buenas tardes amigo. ¿qué se le ofrece? Contesta con gesto adusto.
- Aquí que venimos haciendo un cuestionario a los comerciantes sevillanos…y lo hemos visto a usted y…
- Deberíais haber venido esta mañana, que estaban todos los locales abiertos. Ahora casi todos tenemos el horario de verano y cerramos a las tres, lo que pasa es que yo me he entretenido haciendo unas cosillas…ya sabe, con la calor.
- Claro, claro y… ¿Cómo va el negocio?
- ¿El negocio dice? Pues mal. La crisis, que no hay trabajo. Yo me defiendo, pero hay muchos que han tenido que cerrar.
- Lógico. El comerciante se incorpora y se atusa como puede las arrugas del pantalón. Impecable el hombre, el clásico comercial sevillano. Pues eso amigo, continúo, que venía indagando sobre las preferencias vacacionales de los sevillanos, y si a usted no le importa le podíamos hacer unas preguntitas.
- Usted dirá
- Verá…usted ¿es el gerente de esta ferretería?
- Si eso, el gerente.
- ¿está casado?
- claro, y con dos niños
- Esa era la otra pregunta. ¿su mujer trabaja?
- Sí, en una tienda de moda flamenca que hay en la calle Francos, que entró allí cuando éramos novios y ya van para treinta años.
- Estupendo, y ¿dónde pasan ustedes sus vacaciones? Entonces el hombre se hace el interesante y sonríe.
- Bueno verá, en casa somos mucho de Matalascañas, que todos los veranitos, a mediados de julio nos cogíamos unos quince días y alquilábamos un apartamento al lado de la playa, pero ahora nos hemos comprado una casita en el Ronquillo, para invertir los ahorrillos. Allí se está de lujo, que todos los de la urbanización somos de Sevilla y parece que estamos en el barrio. Por la mañana la cervecita y el pescaíto y por la noche a tomarse un helado en el paseo…en fin. También nos gusta el Rocío, y todos los años nos gusta hacer el camino con la Hermandad de Coria, que es donde está mi cuñado, pero este año con la crisis… ya sabe, sólo hemos ido cuatro días, ver la Virgen de salir y poco más.
- Y ¿hace usted alguna salida esporádica fuera de Sevilla?
- ¡hombre claro! Los fines de semana, los puentes, y en Semana santa y feria aquí, por supuesto, pero luego nos gusta salir a los pueblecillos.
- ¡ah! Muy bien. Y ¿Cuál fue su última salida?
- Pues cogimos el coche y nos fuimos a la Sierra de Cádiz. ¿ha estado usted por allí?
- Alguna vez, y el hombre prosigue:
- Grazalema, Olvera… y no me acuerdo de más, bueno sí, un pueblo muy chiquito que se llama Setenil. Setenil de la Vega, de la Ladera, de la sierra o algo así. ¿lo conoce?
- ¿Setenil? Bueno algo
- Pues sale mucho en la tele, en el Canal Sur y todo eso. A mí desde luego ya no se me olvida el pueblo ese. Y hace el hombre un gesto raro con la boca. Entonces me agarra el brazo y me lleva a la sombra de una acacia que verdea a escasos metros.
- Verá, prosigue, el pueblo es bonito, y muy raro con esas cuevas y esas casas metidas debajo de las piedras, la iglesia, el castillo…ya sabe cómo son esos pueblecitos de la sierra, pero este en concreto es digno de ver… aunque… entonces el comerciante levanta los brazos y hecha el tronco hacia atrás. ¡qué cosa más difícil de pueblo! Primero te ves negro para llegar, que están todas las carreteras cortadas, y eso que tengo un buen coche, ¿sabe usted? Y me señala un todoterreno aparcado en una explanada de albero.
Yo porque mi mujer lo vio en la tele y se emperró en que quería ir a Setenil, que si no yo me hubiera dado la vuelta y cogido para Ronda o Ubrique, pero nada, ya sabe usted como son las mujeres.
Yo asiento con la cabeza.
- Entonces me meto en esas carreteras que están que dan pena, que si por aquí cortada, que un desvío por allá, y la que no está caída poco le falta, y nosotros sin saber a donde íbamos, que no había señales en ningún lado…
- ¿y llegaron a Setenil?
- ¡Claro! Mira, digno de ver. Un pueblo metido en un boquete hecho por el río. Todo blanco, con sus casitas, las cuevas, un poco sucio, pero muy curioso. Entonces me meto por una calle y ¡Ay amigo! Y hace el mismo gesto que antes. Lo que le digo; ¡qué pueblo más difícil! ¡qué cuestas! ¡sin saber donde aparcar! ¡qué calles más estrechas! ¿Ha visto usted mi coche?  Entonces me lleva a donde tiene aparcado el todoterreno.
- Estrenándolo que estaba no hacía mucho. El primer viajecito que hacíamos y mira… ¡qué calle! Que por allí no pasaba el coche. ¿quién me mandaría a mí meterme por aquella calle? Ni patrás ni palante, que no pasaba. Ni recogiendo los espejos, y todo el mundo mirándonos y uno que para la derecha y otro que para la izquierda y uno que le pone una rebeca para que no lo rayara, y mi mujer como un civil en el asiento del copiloto…y ese olor a embrague quemado. En fin, ¡qué le voy a contar! Fíjese usted que marca. El hombre me enseña un rayón de dos metros en el lateral derecho. ¡y estrenado el coche! Mira, mira que marca. La marca de Setenil que le digo yo. Menos mal que lo tengo a todo riesgo y la semana que viene lo llevo al taller de mi primo que es chapista.
El pueblo como le digo muy bonito, pero a mí desde luego no se olvida, más que nada por lo del coche. Luego ya nada me parecía bien, ni las tapitas que nos tomamos en un bar, una masita o algo así, que yo sólo hacía acordarme del rayonazo que le hice al coche…así que figúrese.
Y el comercial deja por fin de hablar y se queda pensativo y meditabundo mirando ese enorme desconchón. ¡Setenil! Y que no tenía ganas mi mujer de ir ni ná.
Así aprovecho ese momento de abstracción y me despido del hombre que debe tener la boca seca y ya tendrá ganas de volver a casa y relajarse después de su jornada de trabajo, y lo veo meterse en su todoterreno negro, flamante y casi nuevo, aunque con una enorme marca en el lateral derecho.
¡La marca Setenil! repito divertido. Y me quedo sólo por las calles de este barrio sevillano que con el paso de los años ya tiene solera y estilo propio, El Parque Alcosa, barrio de barrios, de amplias avenidas y altísimos bloques de colores. Encina del Rey, Las Tendillas, Bib-Rambla, Las Monjas. Busco entonces la sombra, que estamos en Sevilla y aunque aún no es verano el calor ya viene apretando.
La clase de brasa que me ha dado el hombre para contarme lo del coche, pienso para mis adentros.

miércoles, 29 de mayo de 2013

Aquellos maravillosos años

Hace ya algunos años desde que fue tomada esta fotografía en la que Felipe González, por aquellos entonces presidente del gobierno, posa junto a unos niños en alguna visita que hizo a Setenil. Hoy es uno de esos jarrones chinos que, como él mismo dice, tienen mucho valor pero nadie sabe dónde colocar y los niños son ya unos hombres.
Eran años felices, la crisis ni se atisbaba en el horizonte, los alemanes eran gente que no paraba de enviarnos subvenciones y no esa señora tan seria que no hace más que preguntarnos en que puñetas nos hemos gastado todo ese dinero. Los políticos gustaban de retratarse con la chavalería en plan "dejad que los niños se acerquen a mí" y los chavales querían hacerse una foto con ellos, aunque sólo fuera por tener un recuerdo de ese señor que salía todos los días en el telediario.
Eran otros tiempos como digo, cuando la clase política aún no era considerada como el principal problema de los españoles junto al paro y la corrupción y que la visita de un personaje tan célebre era todo un acontecimiento ciudadano.
De aquella visita siempre nos quedará la frase del líder socialista, no sabemos si real o ficticia, de que le gustaría ser alcalde de Setenil cuando dejara la alta política, como una especie de retiro dorado después de las altas cotas de responsabilidad que ejerciera durante tantos años.
Eran otros tiempos como digo, no sabemos si maravillosos o no pero, viéndo la fotografía hoy día, resultan muy lejanos.

martes, 21 de mayo de 2013

De monstruos, fantasmas y otros seres mitológicos: La vieja Amica

Era aquella una casa de campo, una casa rodeada de olivos a la que se accedía por una estrecha vereda delimitada por altísimos chopos. Una era, las ruinas de un viejo chozo que bien podría ser bodega o lagar, un pozo blanco con brocal y polea, unas cuadras y chumberas detrás del edificio principal. Llamaban a esta casa La Viña Alta, sonoro y altivo nombre que evocaba un pasado feliz de parras y mostos en una tierra que tuvo en el vino y sus quehaceres el Ser y desvelo de sus gentes.
Dentro, en la casa, un amplio salón comedor presidido por una chimenea donde siempre ardía café o cocido, vigas de madera en los techos, fotos repintadas de alguna boda y estampas de santos. Arriba los atrojes y otras estancias, una casa de campo en definitiva sencilla y acogedora, morada de gente laboriosa y adusta.
Habitaba aquella casa un matrimonio con sus tres mozarrones y sus dos mocitas, todos con muy buena planta, algún muchacho que ayudaba en las faenas del campo y que era como de la familia y una anciana que los viejos de la casa no tenían muy claro si había venido con ellos cuando se compró la propiedad o ya entonces moraba en la vivienda. Contaba mi abuela, que era una de esas mocitas que allí se criaban, que decían sus padres que podía ser la abuela de una vieja parienta que vivió en la casa hacía muchos años, pero nadie daba parte exacto de su parentesco. Amica decían que se llamaba este vejestorio de pelo blanco hasta la cintura y que andaba de su habitación a la cocina en camisón, sin reparar en nadie y sin que nadie reparara en ella, como una aparición, como un ánima que formaba parte de la casa como los muebles y las cortinas.
Recorría como digo la casa esta presencia fantasmal, hablando extrañas palabras y recitando unas letanías que ya por aquel entonces habían perdido su significado. Parecía aquella Amica eterna e incombustible, milenaria diría yo y solo su extremada pasión por el vino daba fe de que aquel camisón con piernas fuera humana persona y no presencia espectral.
Había antes en aquellas casas lugares especiales que por frescura e idoneidad servían para guardar los alimentos, alacenas donde se almacenaban el aceite, la cachina, el pan y sobre todo el vino y el mosto que por aquellos entonces resultaban más medicina y alimento que vicio y perjuicio de la salud. Era como digo esta Amica amante en demasía del vino y sus sucedáneos, que en bajar de su habitación a la alacena para agenciarlo consistían su rutinarios paseos, ¡y en consumirlos! que era digno de ver como relucían esos mofletillos sonrosados en aquella tez lechosa y casi transparente que parecía como de nácar. Dulces o tintos, moscateles o finos, que no le hacia esta Anica feo a ningún caldo por muy avinagrado que estuviese y que al parecer suponía el verdadero motivo de su etérea existencia y único sustento material de aquel cuerpecito exhausto.
Contaba mi abuela, guardiana y custodia que era de aquella cocina de continuo trasiego de hoyas para alimentar a tantas bocas como exigían las labores del campo, que cuando se topaba con la Amica con las venillas de la nariz a flor de piel y oliendo a pellejo de odre, le interpelaba....Amica, ya encontró usted el moscatel, o el aguardiente o lo que diera lugar, y entonces la vieja le replicaba con una vocecilla como salida de lo más recóndito de su diminuto cuerpo, como si fuera más de muerta que de viva, como hacia dentro...aunque lo enteréis bajo tierra, ya daré yo con el vino. Y era este como digo el único vínculo de vida de la anciana; el alcohol y sus desvelos por encontrarlo, burlar de esta manera el esfuerzo de la muchacha por guardarlo de aquella vieja feroz de ojos vidriosos y aliento añejo, todo lágrima y pajarete, Atila terrible de la bodega de aquella humilde casa.
Decía mi abuela que en aquellas querellas pasó gran parte de su laboriosa juventud, en burlar y ser burlada por su vieja parienta, que si bien parecía que la uva fermentada la había hecho eterna, no hay dicha que quinientos años dure y poco a poco la Amica fue bajando menos por la alacena. Tan alarmante fue la disminución del trasiego, que la misma muchacha, apiadándose quizás, no escatimó en dejar a mano alguna que otra botellita de quina o pedroximenez, cuyo escanciado diario demostraba que el monstruo un vivía, destilaba diría yo, que me imagino yo a ese montón de pellejo volviendo a la vida con su diaria inyección de alcohol.
El caso y es lo que vengo a referir, que en una de esas, nuestra Amica dejo de transferir el líquido elemento a su organismo, al menos hasta que la joven se percató del asunto y se atrevió, quizás por primera vez en su vida, a violar la santidad de aquella habitación... Un rancio aroma a vino anejo inundaba la estancia, densos efluvios de caldos condensados y una mancha negra, ocre en el suelo. Amica, como por ensalmo, había transmutado en un brandi sólido, se había convertido en una gelatina dulce y pegajosa, su presencia física se había consumido y solo había quedado de ella su esencia alcohólica.
La muchacha, con los ojos irritados y tapándose la boca y nariz con un pañuelo para evitar morir asfixiada, abrió las ventanas de aquella habitación que había permanecido cerrada durante siglos, como las entrañas de un barril de solera, y un fuerte aroma a vino salió al exterior. La brisa que bajaba de Acinipo se encargó de expandir un denso olor que inundó durante días de vapores etílicos los campos vecinos de aquella casa en el campo y llegó hasta el mismo pueblo, recorriendo sus calles y callejuelas.
No fue esto que le sucedió a la vieja Amica el único fenómeno relacionado con la química del alcohol que aconteció en la provincia. Se conoce el caso de un tal Matías Uvero, Baco elefantino que ejercía su divinidad en una afamada bodega jerezana y que una buena mañana ardió instantáneamente al roce de un soplete mal orientado. Puede que la combustión de Matías fuera un suceso más espectacular y sonado que la paulatina evaporación de la vieja Amica, quizás como un símil de la pujanza económica de la industria vitivinícola jerezana en contraposición con la setenileña, que ya por aquellos años estaba casi desaparecida. Queda no obstante la idea, propia y común a todas las tierras del vino, de transmutación de hombre y mosto en un solo elemento, bien gaseoso o sólido, cuando se hace un uso cotidiano y desmesurado del mismo, transmutación y espiritualización en definitiva de la carne en sustancia etílica.
Nota; homenaje a Fernando Quiñones, novelista y poeta gaditano

viernes, 10 de mayo de 2013

Romería de San Isidro 2013 en Setenil

Romería de Mayo de 1954

Bueno amigos, al fin llegó el fin de semana de nuestra romería, así que la gran mayoría se dispondrá para subir por esos carriles de Dios hacia la Escalanta.
A pasarlo bien y a disfrutar en paz y buena compañía.
¡Viva san Isidro! ¡viva Setenil!








jueves, 9 de mayo de 2013

De monstruos, fantasmas y otros seres mitológicos: Devoradores de cuerpos

Había antes en los montes hoyos excavados donde los hombres trabajaban, muchas veces hacían carbón de la leña de los bosques y otras veces hacían cal de la piedra. Esos hoyos se convertían en túmulos y resultaban ser una vía de comunicación entre las mismas entrañas de la tierra y el mundo exterior. Dentro había fuego y calor y desde lejos se oían los rugidos de los seres sobrenaturales que allí moraban.
Muchas veces los seres del inframundo pedían carne humana y los hombres inmolaban criaturas en aquellos altares; eran gentes malas o despreciables que nadie quería en el pueblo y los echaban vivos a hornos y caleros para que el fuego los devorara lentamente. No quedaba nada de ellos. Era su manera de implorar a la naturaleza por una buena cosecha, un buen casamiento o suerte en algún negocio.
Cuando los hombres perdieron esta ancestral y primitiva costumbre,  los seres del inframundo siguieron pidiendo su porción de carne y ante la sordera de la gente empezaron a buscar por su cuenta. Así, cada cierto tiempo se cobraban su mercancía; Niños, hombres, mujeres incluso animales desaparecían en aquellas tumbas de fuego, muchas veces, la gente que trabajaba en las cercanías acudían ante los terribles gritos  y lograban rescatar sus cuerpos horriblemente mutilados, como a medio devorar. 
 Los niños crecían escuchando a sus madres advirtiéndoles que no se acercaran a aquellos monstruos feroces, pero siempre, siempre los seres del inframundo se las ingeniaban para  atrerlos y devorarlos. Eran víctimas inocentes que pagaban por todos los demás.

miércoles, 8 de mayo de 2013

De monstruos, fantasmas y otros seres mitológicos: Tres jinetes.

Cae la tarde y la noche se pone en la Campiña. La luna aún es un esbozo entre nubes pintadas de cárdeno. Tres jinetes salen de las cuadras de ese viejo cortijo; una yegua y dos jacas colinas bien aderezadas. Ellos traje, corbata, botas y sombreros de ala ancha, apuestos y arrogantes, los tres bizarros mozos de esa casa.
Al trote alegre van por entre los olivos, ahora cogen para La Venta de Leches. Los vecinos los ven pasar. ¡A la Feria de Ronda! ¡Ya salen para la Feria de Ronda! Pronto azuzan sus monturas y galopan por aquellos viejos caminos cuajados de pitas, La Limosna, Calle. Son tres gigantes, tres centauros terribles que levantan nubes de polvo a su paso. Sus capas tremolan al viento, pasan por los campos, por los cortijos de la antigua Acinipo, los cascos de las bestias arrancan chispas en las calzadas empedradas, sus risas suenan en la noche como si fueran bárbaros terribles.
Los labradores los oyen venir, ahora ven sus figuras reflejadas en la luna, esconden a sus mujeres e hijas. Ellas se asoman al filo de las ventanas, al amparo de la oscuridad, miedo y una sensación de vértigo insondable.
Los viejos señoritos, los nietos de los patricios romanos, los amos de aquellos cortijos antiguos no soportan la gallardía de esos jinetes, su bizarría, el arrojo de su paso soberbio, la independencia con la que viven. Algún día se tomarán cumplida venganza, quién sabe, quizás sea muy pronto.
La luna ya luce en el firmamento. Los tres jinetes llegan a la feria de Ronda, los cascos de sus monturas estallan como la pólvora en el pavimento y sus risas se oyen en toda la Sierra.
Las gentes de aquellas tierras cuentan que en las tibias noches de septiembre aún se ven tres sombras cabalgando, las sombras de tres jinetes terribles.   

lunes, 6 de mayo de 2013

La carreta blanca de Setenil, por Sebastián Luque

A pocos días de que comience la Romería de Setenil en honor a San Isidro Labrador, me complace presentar en esta entrada el artículo que nuestro amigo Sebastián Luque, secretario de la hermandad, publica para la revista Alalba de la Hermandad del Rocío de Ronda con motivo de los veinte años del "préstamo" de nuestra humilde carreta para su primera peregrinación a la tierra de la Reina de las Marismas.
Me quedo con el detalle de la ramita de encina que acompañó al simpecado rondeño en su recorrido así como la tradición de desprendimiento y generosidad para con los demás que caracteriza a la Hermandad de San Isidro de Setenil desde su fundación allá por 1948.
¡Salud amigos! y ¡viva San Isidro Labrador!

 
 
“LA CARRETA BLANCA DE SETENIL”
Cuando aún resuenan en los tajos de Setenil los ecos de las cornetas y tambores, cuando el ambiente aún conserva el aroma a incienso y en sus calles se padece la cera desperdigada de la Semana Santa, me dispongo a intentar plasmar a través de este papel, por petición de mi gran amigo y hermano Antonio Luís Domínguez, esta modesta aportación a vuestra revista “ALALBA”.
Quiero contar una historia ocurrida hace 20 años y aunque creo que por muchos conocida, no deja de ser relevante e importante en la historia de la Hermandad de Nuestra Señora del Rocío de Ronda y la Hermandad de San Isidro Labrador de Setenil de las Bodegas.
En el mes Marzo de 1993, nos encontrábamos en Ronda asistiendo a unos actos de la Hermandad de Ntra. Señora de la Cabeza, donde en una conversación entrañable y distendida con Juan Antonio Carrasco, nos comentaba con cierto grado de alegría, pero a la vez de preocupación, que la Hermandad Matriz de Almonte, había nombrado con la nº 88  como hermandad filial a la Hermandad de Ronda, no teniendo para la próxima Romería del Rocío una carreta que portara al Simpecado rondeño desde la serranía hasta las marismas huelvanas.
Nuestra reacción inmediata, como buen setenileño que da lo que tiene por los demás, fue ofrecer nuestra carreta, que aunque sencilla y modesta podría servir para este menester. Sinceramente nuestra primera reacción fue de ayudar al que nos necesita, pero también es verdad que nos invadía una sensación de orgullo de ser nuestra humilde carreta la que en un año tan importante para la Hermandad de Ronda, fuera la encargada de trasladar el Simpecado hasta El Rocio.
Juan Antonio Carrasco emocionado por el gesto tan sencillo demostrado por aquellos setenileños, que hacían honor y gloria a su tierra y a su forma de ser y actuar, en un gesto lleno de corazón y solidaridad con la Hermandad rociera rondeña, nos preguntó que cualquier gasto ó importe sería sufragado gustosamente por su Hermandad. Recuerdo que en aquel instante le comenté: “Como es lógico todo tiene un precio y sí los que estamos aquí lo ven conveniente, yo voy a ponerle precio a esta prestación. En primer lugar además de llevar con orgullo nuestra carreta y vuestro simpecado hasta las mismas puertas de la ermita de Nuestra Señora del Rocío, vuestro simpecado deberá adornarlo una pequeña rama de encina de nuestros montes, como símbolo de que en un acto tan trascendental, Setenil de alguna manera esté representada. Y una segunda condición es, que para que perdure en el recuerdo de las generaciones actuales y venideras el hecho de que fuera la primera carreta que Ronda utilizará para llevar su Simpecado por primera vez como Hermandad hasta El Rocio, tendría que colocarse en la parte trasera de la carreta una placa que hiciera mención a esta efeméride.”
Llegado el día del inicio del camino, aquel Lunes 24 de mayo de 1993, nuestra y vuestra carreta inició su camino desde la Iglesia Mayor de Ronda y como no podía ser de otra forma nos acercamos a verla de partir y en vuestro simpecado, pude ver la rama de encina que días ante entregué a Juan Antonio en nuestra Romería. Creo que en aquel momento todos los que iniciaban ese primario y legendario camino iban emocionados de ser Hermandad y orgullosos de la carreta tan sencilla que portaba su simpecado, pero puedo afirmar que nosotros nos sentíamos en ese momento mas orgullosos si cave de nuestra carreta y del papel tan importante que tendría que desarrollar por aquellos días.
Si emotiva fue la partida, mas emotiva fue la llegada a los pies de la Reina de las Marismas. Acompañada de su madrina la Hermandad de la Palma con una carreta y un simpecado celestial, vuestra y nuestra carreta marchaba a su lado, conjugando el esplendor y la magnificencia de La Palma, con la sencillez y originalidad de Ronda. Tengo en mi retina guardada la imagen de aquel mediodía del sábado de presentaciones, cuando ambas carretas tiradas por bueyes, se presentaban ante nuestra Madre del Rocío; en aquel instante rece y dí gracias a Dios por aquel momento inolvidable, de pura esencia rociera, primero por los rondeños rocieros que por primera vez habían concluido su primer camino y después por los todos los romeros setenileños que allí se encontraban representados por su carreta.
Por devoción a Ntra. Señora la Virgen del Rocio, me considero modestamente un sencillo rociero y son innumerables los momentos vividos, pero en primera posición como sí de una competición se tratara, guardo entre los principales recuerdos, esa presentación que acabo de relatar y de cuya efeméride se cumplen 20 años. Para orgullo de todos, aquella inolvidable presentación de Ronda como Hermandad ante la “Blanca Paloma” quedó inmortalizada en la portada del diario “Huelva Información” del domingo 30 de Mayo de 1993.  
Quiero aprovechar para felicitar a la Hermandad del Rocío de Ronda por sus 20 años de andadura como Hermandad filial, desearle larga vida y destacar que desde aquel momento y hasta nuestros días las relaciones entre la Hermandad de San Isidro de Setenil y la Hermandad del Rocio de Ronda, han sido inmejorables y auténticas, caracterizada por un importante nexo de unión: una sencilla y blanca CARRETA.

  VIVA LA VIRGEN DEL ROCIO

            VIVA SAN ISIDRO

            y que VIVA LA MADRE DE DIOS

 
Sebastián Luque Gutiérrez

Para leer más: ALALBA. Hermandad del Rocío de Ronda.